En un ameno y retirado lugar del bosque, una pareja de jóvenes amantes departía apaciblemente. La chica mordisqueaba, probaba y escupía ociosamente cada variedad de plantas y flores que había estado recolectando hacía un rato; entre sus piernas, una cabeza de cabellos desordenados y patillas salvajes parecía un topo excavando su madriguera.
- Mmm, Caperucita, ¡qué conchita tan rica tienes! siempre húmeda y relajada...
- ¿Ah, sí?... ¡ptúu! ¡éstas son muy amargas!... oye, Lobo, lo siento, pero me faltan algunas hojas y no me puedo tardar mucho, así que alista ese hocico ya.
- ¡Pero si falto yo!
- ¡Ah, ahhh, ya casi, ahh ya ya ya! - Caperucita movía sus dedos cada vez más a prisa.
- Vente, princesa, estoy listo... ahmmm - Lobo recibió el pequeño chorro de Caperucita como en esos dispensadores de agua en los que oprimes un botón y abres la boca para beber.
- Bueno, ya, quítate, niño, que me tengo que ir - Su manita tan delicada se veía como la de una niña al apartar la cabeza de Lobo de las greñas. Era muy sensual verla subirse de nuevo sus calzoncitos.
- Caperucita, no me dejes así - el abrazo de Lobo, que le llevaba varios centímetros de estatura, le hacía pensar en su mamá y el amante fugitivo
Aunque Lobo y Caperucita se tenían muchas ganas, hasta el momento no habían pasado más allá de sus juegos orales y masturbatorios. Tal vez era más falta de tiempo y oportunidad que de fuerza de voluntad, al menos por parte de Caperucita; eso sí, a ella no le gustaba ser presionada.
- ¡Suelta, suelta ya, no fastidies! - Lo aparta bruscamente, dándole unos puños que como era de esperarse, en lugar de frustrarlo lo excitaban más. Cuando ella se agachó a recoger su canasta, el Lobo no pudo resistir lo que dejaba ver su corta faldita y sin pensarlo dos veces plantó la cara entre sus nalgas, abrazándose a sus piernas. Ella lo somete de un halón de orejas como si fuera un perro arrastrado. - Está bien, levántate... bájate los pantalones - Lobo obedeció muy manso; se agachó para poder besarla mientras ella comenzaba a acariciarle los testículos y le hacía crecer el pene en la palma de su blanca y delicada mano. Luego interrumpió el beso y sin dejar de frotarle el miembro, sacó unas hierbas de la canasta y comenzó a masticarlas por unos breves segundos hasta formar una pasta verde en su boca que dejó reposar en la mano que tenía libre. Después de unos cuantos chupetones en toda la punta del glande y algunos rodeos de su lengua en el anillo, Caperucita le frotó el pene con la sustancia verde que había masticado y humedecido con su saliva; apenas hecho esto, se apartó, tomo su canasta y se despidió con un "¡chao!". Lobo no pudo decir ni hacer nada porque de inmediato comenzó a sentir una mezcla de ardor y escozor en el pene que le hacían frotarse desesperadamente, tirado en el suelo, incluso minutos después de verse obligado a eyacular.

